Al ver un árbol es difícil que pensemos en lo que realmente es, y ese es el problema: lo vemos. Lo disfrutamos por su sombra o su fruta, pero no pensamos en lo que hace: sostener la tierra bajo nuestros pies, filtrar el agua que después bebemos, frenar la lluvia antes de que se convierta en avalancha. Un árbol es infraestructura invisible. Y, como toda infraestructura invisible, solo la notamos cuando falla.
La deforestación de nuestros bosques no se resuelve solo sembrando —que hace falta—, sino entendiendo para qué sirve un bosque.
La deforestación dominicana comenzó casi al mismo tiempo que empezamos a existir como colonia. Los españoles no llegaron buscando árboles, sino oro, y cuando el oro escaseó se quedaron con la tierra. Ahí empezó todo: la exportación de maderas preciosas que se fueron en barcos hacia Europa durante trescientos años, mientras aquí quedaba el hueco.
Lo que más inquieta es la lógica detrás de aquello. La isla nunca fue vista como un lugar para habitar en equilibrio, sino como un recurso para extraer. Y esa lógica no terminó con la colonia.
El período colonial fue un despojo lento; el siglo XX fue un incendio. La industria azucarera, primero, y después los aserraderos de los años cuarenta y cincuenta consumieron lo que quedaba de bosque virgen. En apenas tres o cuatro décadas, bajo la dictadura de Trujillo, el país perdió la mayor parte de su cobertura forestal original.

