Escribía Esteban Granero, a propósito del Mundial, que ningún impostor puede fingir la excelencia continuada. Que quienes llegan a ese nivel han pasado, desde niños, por una criba brutal: entrenamientos, competencia, presión, selección, errores, descarte y aprendizaje. Y que conviene no olvidarlo cuando fallan un pase, pierden una marca, fallan un penalti o empatan un partido que todos esperaban ganar.
La reflexión nace del fútbol, pero sirve para mirar con más justicia a sectores productivos que también viven bajo examen permanente. La minería formal es uno de ellos: tampoco aparece por azar, ni nace de una ocurrencia, de una concesión aislada o de una maquinaria puesta sobre la tierra sin más. Antes de producir, debe atravesar estudios geológicos, levantamientos técnicos, evaluaciones ambientales, tramitación de permisos, financiamiento, ingeniería, auditorías, estándares de seguridad, controles públicos, exigencias comunitarias y vigilancia reputacional. También es una criba brutal.
Y, sin embargo, muchas veces el debate público no mira esa trayectoria. Mira el error. Mira el conflicto. Mira la sospecha. Mira la foto parcial. Mira el pase fallado.
Por supuesto que la minería debe ser exigida. Precisamente porque administra recursos naturales, transforma territorios, convive con comunidades y genera impactos que deben ser prevenidos, mitigados, compensados y fiscalizados. La minería responsable no puede pedir confianza sin rendición de cuentas, ni estabilidad sin transparencia, ni reconocimiento sin estándares verificables.
Pero una cosa es exigir con rigor y otra muy distinta es juzgar sin distinguir.

