Durante décadas, la secuencia era clara: surgía la innovación en el mercado y, luego, la regulación. Ese esquema ha funcionado en un mundo de cambios graduales. Hoy el desafío se torna más complejo, pues cuando una norma entra en vigor, la tecnología que buscaba regular ya ha evolucionado. La pregunta no es si regular la innovación, sino cómo hacerlo sin frenar sus beneficios ni comprometer la estabilidad, integridad y confianza del sistema financiero.
En este espacio hemos profundizado en dos ideas clave: la inclusión no es suficiente; necesitamos ciudadanía financiera, y la digitalización es el principal puente para lograrlo. Hay una tercera: un marco regulatorio capaz de evolucionar al ritmo del cambio. A eso le llamamos regulación ágil.
No sugiere regular menos ni renunciar a la prudencia. Tampoco regular en exceso. Implica fortalecer la capacidad institucional para responder oportunamente. Es un cambio de enfoque: pasar de reglas rígidas para mantener entornos estables a marcos flexibles frente a la incertidumbre tecnológica. En este modelo, la regulación deja de ser solo normativa: se convierte en una herramienta dinámica de aprendizaje.
Para su aplicación, son indispensables cuatro capacidades: la primera es escuchar. La innovación nace en el mercado. Por ello, los espacios de diálogo entre reguladores, entidades financieras, emprendedores fintech y usuarios son vitales para anticipar tendencias y riesgos.
La segunda es experimentar. No toda innovación demanda respuestas definitivas. Habilitar pilotos controlados permite recopilar evidencia y ajustar gradualmente.

