Existe una amplia literatura económica que demuestra que la infraestructura de transporte no solo reduce tiempos de desplazamiento; también modifica la estructura misma de la economía. Paul Krugman, a través de la Nueva Geografía Económica y particularmente en Geography and Trade, explica cómo la reducción de los costos de transporte favorece la concentración eficiente de empresas, trabajadores y consumidores, generando economías de aglomeración que elevan la productividad y aceleran el crecimiento. En otras palabras, las carreteras no solo conectan lugares; enlazan mercados, conocimiento, talento y capital.
Douglass North, Premio Nobel de Economía, sostenía que el desarrollo depende de instituciones capaces de reducir los costos de transacción y generar certidumbre para la inversión. Aunque la infraestructura no constituye una institución en el sentido estricto que planteaba North, sí es uno de los principales activos que permiten a las instituciones funcionar eficientemente.
Vista desde esta óptica, la Autopista del Ámbar deja de ser una simple obra de ingeniería para convertirse en un activo de productividad nacional. No se trata únicamente de construir una vía entre Santiago y Puerto Plata. La obra significa integración de economías complementarias que hoy funcionan por debajo de su potencial, debido al costo que impone la distancia efectiva. Y la distancia se mide en tiempo más que en kilómetros.
La experiencia dominicana ya ofrece una evidencia difícil de ignorar: la Autovía del Coral. Cuando fue inaugurada en 2012, muchos la analizaron únicamente como una carretera turística. Catorce años después resulta evidente que fue mucho más que eso. La conexión rápida entre Santo Domingo y Punta Cana modificó profundamente la dinámica territorial del país.
Verón multiplicó aproximadamente cinco veces su población, el parque habitacional prácticamente se duplicó, la superficie urbanizada se expandió aceleradamente de alrededor de 9 a 28 kilómetros cuadrados y la capacidad hotelera superó las cincuenta mil habitaciones, incorporando más de veinte mil nuevas habitaciones durante ese período. La inversión privada encontró condiciones para desarrollarse porque el Estado había reducido uno de sus principales costos: la conectividad. Sin proponérselo, la vía terminó integrando tres aeropuertos internacionales a lo largo de su corredor económico. No fue casualidad. Fue consecuencia. Eso es exactamente lo que hoy puede ocurrir entre Santiago y Puerto Plata.

